4 x 4


Por Elisa Arenas 

–          Cuenta, cuenta, ya sabes, que lo que aquí se dice, de aquí no sale.

Bárbara sonríe, mira de reojo a su amiga sentada a su lado, pero no dice nada.

Acaban de dar las seis de la tarde y van cuatro en un todoterreno.  En las caras se puede ver el cansancio después de todo un día de trabajo.  Los dos chicos van delante, uno conduciendo y el otro en su papel de copiloto intentando que el conductor no se duerma.  Las chicas detrás rendidas abandonándose al sueño.

Bárbara es la última que se incorporó al grupo, antes vivía más cerca y no compartía transporte.  Después de hacer la mudanza no pudo conducir durante un tiempo y entonces comenzó a ir al trabajo con Cristóbal, un compañero que vivía cerca.

Al principio, los temas de conversación eran literalmente el paisaje que se veía por la ventanilla y el tiempo que hacía, no hablaban de trabajo.  Pero después de un tiempo, los temas frívolos se agotaron y fue inevitable que se escapara alguna queja, que fueron aumentando poco a poco alentadas por ambas partes.

–         Uhm, parece que hoy has dormido bien – comenta Marta.

–         No es eso, es que he venido en mi coche, tranquilamente, escuchando música y pensando en mis cosas.  Resulta agradable de vez en cuando – contesta Bárbara.

–         Entiendo.  Es mucho tiempo siempre con la misma persona.

–         Cada vez nos quejamos más.  Uno empieza con un tema y el otro continua y añade detalles.

–         Vaya, parece que compartís puntos de vista.  ¿Te apetece un café?  Te espero en la máquina.

–         A veces echo de menos cuando solo hablábamos de “pájaros y flores”.  ¿Me puedes ir pidiendo un cappuccino?

Así iban pasando los días hasta que hubo cambios que produjeron que no coincidieran los horarios y Bárbara decidió unirse al grupo de Marta a pesar de que el punto de encuentro estaba más lejos.

Al principio Bárbara no hablaba.  Los chicos hablaban sobre todo de futbol por lo que aprovechaba para dormir o miraba por la ventanilla y si le preguntaban contestaba que no estaba prestando atención.  Solo con Marta mantenía conversaciones en clave, aunque al poco tiempo empezaron a quedarse charlando a la llegada.

–          Vaya, ¿el fin de semana da para tanto? – comenta Roberto.

–          Es que nos lo contamos todo – contesta Marta con una sonrisa.

–         Uhm, me gusta dormirme y no tener que hablar.  Resulta agradable desconectar – dice Bárbara cuando se quedan a solas.

Marta simplemente la mira en silencio unos momentos y responde:

–         Pensé que ibas a echar de menos tus charlas terapéuticas.  Quejarse sirve de desahogo.

–         Tienes razón, aunque Cristóbal cada vez está más resentido y me resulta más divertido ir con vosotros.

Marta vuelve a mirarla sin decir nada.

Paraban a medio camino para desayunar y estaban en contacto a través de los móviles por si había algún cambio.   Y poco a poco empezaron a compartir fotos, a invitarse a eventos, etc.

Por las mañanas iban escuchando las noticias y las comentaban, por la tarde música aunque también aprovechaban para echar unas risas haciendo el trayecto más llevadero.

A la hora de salir, los compañeros solían quedarse mirándolos pues formaban un grupo heterogéneo pero bien avenido.

Una tarde se les une otro compañero que hace poco que ha entrado en la empresa.  No se le puede decir que no aunque eso implique que ya no irán tan cómodos y relajados.

Bárbara buscó a Cristóbal para preguntarle por su horario, por si hubiera vuelto a ser el que tenía antes.  No había cambios, pero mientras aprovechaban para ponerse al día, la conversación se fue llenando de pequeñas quejas a las que el otro asentía en señal de comprensión.

Al día siguiente Cristóbal pasó por la oficina de Bárbara para saludarla y se quedó a charlar un rato y al otro Bárbara salió a tomar café justo cuando Cristóbal estaba haciendo lo mismo.

Entonces llegó Marta cuando Cristóbal ya se estaba marchando.

–          ¿Echas de menos el transporte terapéutico? – le pregunta Marta.

–         Bueno, ya sabes, lo que se dice en el coche, de ahí no sale – responde Bárbara con una sonrisa.

 

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