Ojalá eso fuera todo


Por Lisa 

“El volante de los autobuses no solo es más grande sino que también está colocado en un ángulo de incidencia más horizontal que el volante de ningún taxi, coche privado o coche patrulla de la policía que yo haya visto nunca, y el conductor hace girar el volante con un movimiento amplio de todo el cuerpo que se parece al gesto con que alguien barre con el brazo todo el contenido de una mesa o una superficie en un repentino momento de emoción.”

La filosofía y el espejo de la naturaleza.

David Foster Wallace

Era el último día laborable del año. Tan pronto terminó de trabajar, marchó con unos amigos a la sierra para andar y despedir el año juntos. A la vuelta, fue directamente al pueblo donde ya se había mudado la semana anterior.

Tenía una sensación rara. Mientras los demás iban a casa a disfrutar del anhelado descanso, ella conducía de noche hacia el pueblo. Al llegar, la vecina se interesó por si había cenado. La hizo sentir acompañada, compensando el cansancio. Al día siguiente tomaría por primera vez el autobús para ir a trabajar; sentía mariposas en el estómago. Nada más subir, preguntó el precio y el conductor supuso y adivinó hacia donde iba.

La carretera tan conocida se veía diferente desde la altura y ella aprovechó para observarlo todo, fijándose en cada detalle aunque al ser pleno invierno, la oscuridad impedía ver el paisaje con nitidez. Parte del camino era por la carretera antigua, por dónde hacía tiempo que no pasaba y le trajo inesperados recuerdos de la infancia.

Al llegar al trabajo, tenía la sensación de haber estado mucho tiempo fuera, como si todo fuera diferente a pesar de no haber cambiado nada.

–          He desconectado completamente. Siento como si todo fuera nuevo.

–          Se te nota, estás como desorientada, pero aquí todo sigue igual.

A la vuelta, no sabía desde que andén salía el autobús o si tendría que comprar el ticket en la ventanilla. Después de averiguarlo y encontrarlo, los que esperaban le confirmaron que el billete se le compraba al conductor.

El viaje de vuelta resultó más entretenido al no ser la oscuridad tan densa. Su compañera de asiento le estuvo haciendo preguntas todo el viaje a la vez que le explicaba las razones de salud por las que había ido a la ciudad. Al llegar al pueblo, el conductor se aseguró que las personas mayores bajaran donde no hubiera peligro.

–         No ve bien y no es conveniente que cruce la carretera cuando todavía es de noche. Desde aquí, su casa queda muy cerca – le decía a una anciana.

Cuando quedó sola en el autobús, preguntó al conductor todo lo que necesitaba saber y que le contestó como si supiera con antelación lo que le iba a consultar.

Pasado un tiempo y una vez conocido el trayecto, era el momento de fijarse en los compañeros de viaje. Los habituales daban sensación de cotidianeidad y los esporádicos ofrecían la novedad. Los jóvenes se sentaban atrás al contrario que los de más edad y como sus conversaciones le aportaban más, es donde se quedaba ella a pesar de resultar menos cómodo. Su asiento preferido era en la segunda fila, para disfrutar de la vista a través del enorme parabrisas. El conductor, como la mayoría de las personas que trabajan atendiendo a los demás, discretamente no comenzaba ninguna conversación pero las continuaba interesado.

A veces, los otros pasajeros no se daban cuenta de que ella viajaba en el autobús y hablaban con ligereza de sus asuntos.

–         Ay, no te había visto – le dijo una vecina después de haber estado comentando a voces los problemas que tenía con su marido.

–         Es que soy pequeñita y no se me ve – y el resto del autobús, menos la indiscreta, rieron con ganas.

Con el tiempo los pasajeros habituales se fueron relajando y hablaban con libertad delante de ella. Como la mayoría eran personas mayores, se fue enterando de costumbres e historias antiguas que resultaban muy interesantes.

También el conductor fue cogiendo confianza y mientras esperaban en el andén le contaba historias que había oído de los demás, como el que en un momento de locura se escapó a las afueras con un autobús metropolitano, y cuando lo hicieron volver, se suicidó ahorcándose en la escalera de su casa.

Siempre era correcto y amable con ella. Como la nave donde se guardaba el autobús estaba cerca de su casa, la recogía allí aunque no había parada. Lo mismo al volver. Los que se quedaban en la última, la miraban preguntándose porque no se bajaba, mientras ella continuaba hasta la nave. Y si iba cargada, paraba justo en la puerta de su casa.

Desde donde ella se sentaba, podía verlo en el espejo retrovisor y observar cuándo él hacía lo mismo. Y cada vez más, sus miradas se cruzaban sin que el resto de los viajeros se diera cuenta.

Ella tuvo problemas en el trabajo y a veces no podía evitar las lágrimas, pero la reconfortaba el encontrar su mirada en el espejo. Ella le agradecería en silencio que no dijera nada pero que tampoco evitara mirarla, porque siempre resulta incómodo ver llorar a alguien.

Un día, a pocos kilómetros del pueblo, el autobús se paró de pronto y ella vio como él levantaba el brazo sujetando la palanca de cambios que se había partido. ¿Cómo iban a continuar? Menos mal que ya estaban cerca del pueblo y si fuera necesario podrían llegar andando.

Él se bajó junto con un par de pasajeros y estuvieron manipulando el motor. Al cabo de un cierto tiempo, el autobús se puso en marcha y llegaron al pueblo.

Al día siguiente, nada más verlo, se interesó preocupada. El la miró sin comprender hasta que cayó en la cuenta que se refería a la palanca de cambios.

–         Ojalá eso fuera todo – contestó él encogiéndose de hombros.

Ella se sintió avergonzada y al mismo tiempo impresionada por su serenidad, en particular teniendo en cuenta que era responsable de transportar tantas personas diariamente. También le hubiera gustado saber qué problemas tan graves podría tener él, como para que la avería no le preocupase.

El autobús y la línea pertenecían a una empresa familiar y tenían pensado que cuando el mayor de ellos se jubilara, la venderían a otra empresa que les había hecho una jugosa oferta y prometido dos puestos de trabajo. A veces lo había oído hablar de que no le importaría mudarse a la ciudad, cuando llegara el momento.

Un día repentinamente, ella tuvo que dejar de vivir en el pueblo por una temporada, y apenas tuvo tiempo de despedirse de él. Estuvo fuera unos meses, y a la vuelta se enteró de que ya habían vendido la línea.

Fue una sensación desagradable. Ya no podía subirse en la puerta de su casa, forzosamente tenía que ir a la parada. El trayecto no comenzaba en el pueblo, sino que el autobús llegaba cargado de viajeros y no se podía elegir asiento. La mayoría de los pasajeros eran desconocidos y todo resultaba frio e impersonal.

Ella no lo vio por el pueblo y supuso que estaría trabajando para la nueva empresa y que viviría en la ciudad. Pensó que tendría una nueva vida y que se habría olvidado por completo de ella. Ese pensamiento le produjo un dolor agudo en el estómago.

Pero mientras iba de vuelta a casa, vio que un desconocido la miraba con fijeza. Se sintió incómoda, evitó mirarle pero él la saludó. Volvió la cabeza sorprendida porque la voz le resultaba familiar. Apenas tuvo tiempo de contestarle antes de que él continuara andando evitando pararse.

Entonces su vecino se acercó y le comentó:

–          ¿Has visto? Está irreconocible. Lo que hace la esclerosis múltiple …

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