Mira lo que hago


Por Lisa

Era un lluvioso fin de semana de invierno cuando llevé a mis padres a un museo de pintura en las afueras.

Al entrar me quedé parada delante de los primeros cuadros. Sin moverme del sitio eché una mirada alrededor y continué avanzando despacio. Mis padres y yo comentamos los cuadros que más nos gustaban y en particular uno llamado “Niño en la playa con perro muerto”. Me quedé quieta unos momentos delante del cuadro y después continué hasta verlos todos. Mis padres, cansados, se sentaron en la entrada a esperar que yo siguiera observándolos. Estaban a la venta y comenté en recepción que quería comprar uno. Me pidieron que esperara pues iban a llamar al director del museo.

No tardó mucho y me acompañó mientras yo comentaba los cuadros en los que me había fijado. Me explicó de donde provenían y me facilitó más información sobre el artista. Yo escuchaba en silencio, sin interrumpir apenas. Le comenté el cuadro que quería comprar, me comentó que era una buena elección y quedamos en que lo recogería la próxima semana.

Volví el siguiente sábado, entregué el resguardo y me ayudaron a cargar el cuadro en el coche. Decidí que ya que estaba sola y no me esperaba nadie, aprovecharía para dar una vuelta por el pueblo. Era un día luminoso y cálido. Me acordé de un amigo de un pueblo cercano, lo llamé y se sorprendió al saber donde me encontraba. Estaba acabando de cazar y para cuando yo llegara donde él se encontraba nos podríamos tomar algo.

Al terminar me dijo que tenía que marcharse pero que por la tarde saldría de nuevo al campo por si quería acompañarle. Me quedé dando un paseo y más tarde me recogió. Al llegar, me prestó ropa de camuflaje y me pidió que llevara la escopeta de repuesto.

No había nadie más a la vista, solo estábamos él, su perro y yo. La puesta de sol era preciosa aunque él sólo estaba pendiente de los pájaros. Disparaba y yo me acercaba a recoger el animal que todavía estaba caliente, incluso alguno todavía no había muerto cuando lo recogí.

Al despedirnos, me preguntó si yo sabía cocinar zorzales. Le respondí que por supuesto, que estaba acostumbrada a hacerlo y me dio algunos. Los puse en el suelo del coche debajo del cuadro que estaba en el asiento de atrás.

Al día siguiente llamé a mi madre para decirle que le iba a llevar los zorzales para que los cocinara pero me contestó que no los quería. Me quedé mirando los ojos muertos de los animales, miré el cuadro que estaba sobre el sofá y busqué en la red alguna receta para guisarlos.

Primero había que quitarles las plumas. Mientras lo hacía, por el hueco del pasaplatos, miraba el cuadro en el salón. Algunos pájaros tenían todavía los perdigones en el cuerpo. La cocina se llenó de plumas y mis manos de sangre.

Los cociné, se me quemaron, me los comí y le envié un mensaje:

–      Los pájaros estaban muy ricos.

Me contestó:

–      Cazando me siento bien, la naturaleza, mi perro, mis pensamientos, …

Miré el cuadro. El niño está de espaldas, cara al mar mirando al perro muerto en la orilla.

Unos meses más tarde empecé a trabajar cerca de donde había comprado el cuadro. Al poco de llegar, me explicaron que una de mis funciones sería colaborar con el director del museo. Una compañera me hizo llegar información incluyendo fotos de algunas de sus obras y uno de los cuadros me llamó especialmente la atención.

Fuimos a verle. Mi compañera y él habían trabajado juntos antes y hablaron de personas que ambos conocían. Mientras, yo observaba el entorno, el espacio de trabajo, la calle a través del balcón abierto enfrente del escritorio, los objetos y sobre todo un cuadro suyo que ambas comentamos que nos gustaba.

Al marcharnos me llevé la revista donde había publicado la crónica de un viaje que había hecho con otro artista al otro lado del mundo, en el que explicaba cómo allí tienen casas-estudio donde cualquiera puede ver cómo trabajan.

–          Pero yo sólo llevo a mi estudio a quien quiero.

A los pocos días volví sola para concretar detalles y me enseñó obras de su compañero. Mientras yo las contemplaba con detenimiento, él me dejaba tiempo, en silencio, permitiéndome hablar quizás demasiado.

El fin de semana nos invitó a otro colega y a mí a cenar en su casa y al terminar nos enseñó su estudio. En la entrada estaba el original del cuadro que me gustó tanto. Le dije que me gustaría comprarlo si algún día lo vendía.

Entre los invitados estaba el artista con el que fue a las antípodas y que después de unas copas me dijo:

–          Mira lo que hago.

 

Estaba cabeza abajo mirándome.

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