Escarmiento


Por Lisa

– Buenos días, dígame.

– Amparo, buenos días. Me han dicho que me habías llamado.

– Gracias por contestar tan pronto. Quería saber qué les había parecido la ropa que les llevamos la semana pasada. Me ha extrañado no tener noticias, ya sabes que son muy agradecidas.

– No han recibido nada. Se sabe que reciben buena ropa y alguien se la ha quedado en cuando llegó; ya sabes que ellas firman el recibo sólo con una equis.

– A partir de ahora llamaré antes para avisarlas. ¿Necesitan algo para el invierno?

– Zapatos y como la mayoría llegó en verano con lo puesto, cualquier ropa de abrigo les vendrá bien.

– Muchas gracias, Amparo. Tienes otra llamada. Hablamos.

– Hasta ahora.

Después de colgar, Amparo se queda pensando. Trabaja en el consulado de un país iberoamericano y hay unas veinte inmigrantes en la cárcel por tráfico de droga. Al no tener familiares en la ciudad, recurren al consulado para todo lo que necesitan.

Entonces retoma la carta que recibió hace dos semanas y la vuelve a leer. Es de Regina que es analfabeta, por lo que otra interna la habrá escrito. Informa sobre su próxima boda y que le gustaría que alguien del consulado asistiera a la ceremonia. Así se entiende que quieran ropa nueva, aún en la cárcel no olvidan su coquetería.

Regina trabajaba en una fábrica en su país de origen y a ella, como a otras, le ofrecieron un billete de avión para Europa y dinero por transportar un paquete. La oferta era muy apetecible y acallando el sentido común no preguntó el contenido y aceptó encantada. Incluso intentó convencer a alguna de sus compañeras que rechazaron la oferta. Ahora se lamenta de no haber hecho lo mismo.

La detuvieron en el aeropuerto nada más llegar. Viajaba con otras que transportaban lo mismo incluso dentro de sus cavidades corporales corriendo el riesgo de que el envoltorio se rompiera.

La última vez que fue a la cárcel la acompañaba María, casada con un español y que ayuda en el consulado. Durante el camino, hablaron de la boda de Regina. Como si se tratara de un culebrón, María se imaginaba que el apuesto abogado defensor se habría enamorado de su atractiva cliente.

Amparo lo encontraba divertido y la dejó hablar, pero al final le recordó que como no se podían permitir un abogado, tenían uno de oficio y no era probable que se enamorara de ninguna, con el poco tiempo que les dedicaba.

Regina y sus compañeras trabajan haciendo zapatos para poder enviar dinero a casa. Nunca se quejan y bajo ningún concepto quieren que las trasladen a una prisión de su país. María siempre les lleva revistas y tebeos con muchas fotos y dibujos. Y charla con ellas sobre su patria común.

Como las visitas de familiares a la cárcel sólo son los domingos pero el personal consular no tiene restricciones, van en día laborable. A pesar de ello en esta ocasión no pudieron verlas y dejaron la ropa a nombre de Regina que se encargaría de repartirla entre las demás, pero nunca les llegó.

En esa ocasión los guardias les contaron la corrida de toros que tuvieron en el patio. Los hombres y las mujeres estaban separados, los unos frente a las otras y era increíble oír lo que ellos les decían a ellas. Pero aún más, lo que ellas gritaban a los toreros, que llegaron a sonrojarse.

Por medio de Consuelo que trabaja en la cárcel con una ONG, pudo saber Amparo de la historia de amor de Regina.

La prisión tiene dos pabellones, uno para hombres y otro para mujeres, bien separados aunque en algún punto sólo hay barrotes. Así, ellos y ellas pueden verse y hablar, lo que no deja de tener su encanto, pues recuerda los viejos tiempos en los que se “pelaba la pava” con la reja de una ventana por medio. Así surgió el romance entre Regina y uno de los reclusos de su mismo país. Y además, una vez que se hayan casado tendrán derecho a visitas conyugales.

¿Pero que se le regala a alguien que se casa en la cárcel? Y Amparo decide que un marco para la foto de la boda.

Llega la fecha. Es la primera vez que Amparo entra en las dependencias de las internas, antes siempre las ha visto a través de un cristal. Agradece internamente ir acompañada de dos funcionarias, porque el aspecto de alguna de las reclusas no es precisamente tranquilizador.

En la capilla está Regina con el novio, el capellán, todas sus compatriotas y otras reclusas. Saluda efusivamente a Amparo y le agradece que asista un representante del gobierno de su país. Está radiante, pues como todas las mujeres cuando se casan, se siente reina por un día.

La ceremonia es sencilla pero bonita y después de las fotos – incluso una de los novios con Amparo – el capellán le regala el libro Como ser una mujer y no morir en el intento. No parece un regalo apropiado para alguien que no sabe leer, pero al menos se lo puede quedar. El marco de fotos se lo han quitado con la excusa de que el cristal puede ser peligroso.

Durante unas semanas Amparo no tiene noticias y llama a Consuelo.

– Diga.

– Buenos días. Soy Amparo del consulado. Quisiera saber cómo están pues hace tiempo que no se de ellas.

– Si no hay noticias, son buenas noticias. Están bien y ya sabes que no son problemáticas aunque Regina está un poco desilusionada. Tiene visitas conyugales y el día que toca, todas andan un poco revueltas ayudándola a prepararse para la cita. La animan, le dan consejos, le prestan ropa, la peinan, etc. y entre todas idealizan el encuentro. Y ella va muy entusiasmada con intención de disfrutar de un romántico encuentro, hablar a solas, de mirarse, desearse, lo que generalmente quieren todas las mujeres. Pero en cambio él, sólo busca cama sin más preámbulos. Y siempre termina decepcionada.

– La verdad es que no hace falta estar en la cárcel para que ocurra eso. No sabes la de veces que he oído a mis amigas casadas: “Mi marido me ignora y sólo es cariñoso conmigo cuando quiere tener relaciones”. Me imagino que echa de menos los encuentros en la reja.

– Amparo, tengo que dejarte. Hablamos en otro momento. Hasta pronto.

– De acuerdo. Adiós.

Pero nada más colgar, vuelve a sonar el teléfono y es Regina.

Su marido está enfermo y está ingresado en un hospital cerca de la cárcel. Regina quiere que desde el consulado le consigan permiso para salir y poder estar con él. Amparo le promete que harán todo lo posible.

Desgraciadamente, fallece antes de conseguir el permiso y Amparo siente que Regina no haya podido despedirse de él.

Entonces, como una especie de compensación, el juez decide reducir a la mitad la condena de Regina y sus compañeras. De este modo, y debido al tiempo que han estado en prisión preventiva antes del juicio, en pocos meses saldrán de la cárcel.

Al poco tiempo, informan al consulado de una compatriota que llegó engañada con falsas promesas de trabajo y terminó en un club de alterne. Se escapó, la encontraron y murió al caer desde una ventana, supuestamente al intentar escapar otra vez. La policía lo califica como suicidio aunque casi con seguridad, es el castigo por haber escapado y para que sirva de advertencia a las demás.

Y Amparo se queda pensando si el juez realmente le está haciendo un favor a Regina.

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