Relatos Cortos : Sólo una vez (II)


Él le ofreció un pañuelo, ella seguía con el rostro entre las manos. Él le rozó levemente el brazo, ella levantó la mirada y aceptó el pañuelo sin decir nada. Por un momento los dos se miraron, ella sonrió, le devolvió el pañuelo y respiró hondo. Él le devolvió la sonrisa, y sin saber bien por que, después de días, se sintió bien.

 Comenzaba a llover con fuerza cuando el tren llegaba a la estación. Los dos se encaminaron hacia el andén con paso decidido. Cada cuál entró por una puerta diferente y no se regalaron ni una sola mirada, ambos iban demasiado perdidos en sus pensamientos y en sus miedos.

 Tras pasar por varios vagones al fin encontró un compartimiento vacío, acomodó su maleta en el portaequipajes y se sentó junto a la ventanilla, miraba embelesada como la lluvia golpeaba con fuerza el cristal. Aún estaba nerviosa, pero ya faltaba menos, mucho menos, ahora ya se ponía el tren en marcha, en solo cuatro horas, seria libre y comenzaría su nueva vida. No se dio cuenta que alguien entró en el compartimiento, hasta que esta  persona se sentó frete a ella y le dirigió la palabra.

 – Disculpa, pero todo está lleno, se ve que es el destino, que nos vuelve a poner frente a frente.- Era el tipo de la estación, que la miraba con una gran sonrisa, por primera vez se fijó en lo atractivo que era.- Espero que no te moleste mi compañía

– Para nada, no te preocupes.

     Pronto comenzaron a hablar de forma fluida, y al poco tiempo uno desnudaba su alma ante la otra y viceversa. Hablaron de sus pasados, de sus miedos, de sus sueños y sus nuevas esperanzas. En un momento de la conversación se descubrieron uno al otro abrazados, dándose el consuelo mutuo que tanto necesitaban, sus ojos se encontraron en unos segundos eternos, y los dos sonrieron.

   Cuatro horas después, ya bien entrada la noche, llegaron a su destino. Él la ayudó a bajar del tren y juntos tomaron un chocolate caliente, mientras hablaban animadamente, como si se conociesen de toda la vida. Los dos, inconscientemente alargaban la hora de la despedida. Se dirigieron a la parada de taxis, aun llovía intensamente y la noche había refrescado mucho.

 – Si te parece bien, María, cogemos un solo taxi y te acompaño a tu alojamiento, luego ya yo me voy a mi apartamento, así no andarás sola por la noche en una ciudad que no conoces.

 – Te lo agradezco mucho, pero mejor no, es tarde y estás cansado, mañana te debes incorporar temprano a tu trabajo, y yo aún he de buscar donde alojarme.

 – ¿Cómo, no tienes donde quedarte?

 – No, pensaba coger el tren anterior y buscarme una posada durante la tarde, no entro a trabajar hasta pasado mañana, así que pensaba dedicarme a buscar algo a lo largo de mañana.

 — Pero es muy tarde, es peligroso que andes sola por ahí. No quiero pecar de atrevido, pero mi apartamento es grande, podías pasar la noche y ya mañana te buscas algo.

 – No te molestes, gracias, estaré bien. 

    Subieron al taxi, y él durante el trayecto siguió insistiendo en que consintiese en pasar la noche en su apartamento. Al poco ella accedió. El apartamento era muy amplio, con muebles caros y con mucho estilo. En el salón había una gran chimenea, y frente a ella una mullida alfombra, era realmente acogedor.

 

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