Relatos Cortos. Más allá del destino.


 

            No podía apartar los ojos de ella, era la muchacha mas linda que jamás había visto. Recordaba la primera vez que la había visto, hacía unos meses, en el mercado, sus miradas se encontraron  y ella sonrió, desde ese momento era la dueña de sus sueños, de su corazón. Desde entonces se había hecho el encontradizo con ella en muchas ocasiones, desde entonces estaba planeando este momento. Le sudaban las manos, estaba nervioso, lo había planeado desde hacía meses, había calculado al  detalle cada gesto, cada palabra, cada segundo, pero aun así, estaba nervioso, muy nervioso y ahora se sentía torpe e inseguro. Respiró hondo, sonrió y se encaminó a la pista de baile, había llegado el momento, era ahora o nunca.

 

 

            Ella lo vio acercarse, el corazón le dio un vuelco, llevaba meses esperando este momento, pero tal vez en esta ocasión él tampoco le dijese nada, ya se habían encontrado varias veces y el nunca le había dicho nada de nada, tal vez esta vez fuese igual, pero el corazón le decía que no sería así. Él estaba mas cerca, era evidente, se aproximaba a ella. Por un segundo sus miradas se cruzaron, ella se sonrojo  y bajó la mirada, no podía parar los latidos de su corazón. Volvió a alzar la vista, él estaba ahí, y decía algo, tuvo que concentrarse para poder escuchar lo que decía.

 

 

          ¿Te importaría compartir este baile conmigo? – Espera la respuesta nervioso, ella no respondía, incluso parecía no entender nada, que se lo había dicho en otro idioma, estaba perdiendo la esperanza, pero aun así repitió la pregunta. Ella asintió débilmente, ruborizándose de pies a cabeza.

 

Rodeó la cintura de ella con suavidad y comenzaron a bailar, poco a poco se fue rompiendo el hielo, el sintió la necesidad de tenerla mas cerca, la atrajo hacia sí, ella no se resistió. Acercó su boca a su odio y le susurro:

 

          Te amo, te amo desde que te conocí, solo quiero pasar el resto de mi vida junto a ti, dime que si y te prometo que jamás te dejare sola, que mi amor será tan grande, que estaré a tu lado siempre, mas allá de lo que el destino nos depare.

          Sí.- La respuesta no se hizo esperar, se separaron ligeramente y se miraron a los ojos, ambos sonrieron.

 

 

La cogió de la mano y la llevó fuera, bajo la luz de la luna, y bajo la mirada curiosa de los seres nocturnos, se besaron, se abrazaron y poco a poco dieron rienda suelta al gran amor que los envolvía y que rezumaba por cada uno de sus poros.

 

 

 

      Pasaron los meses; un día ella lo esperaba, como todas las tardes, bajo el porche, ansiosa de sus besos y sus caricias. Lo vio llegar, algo en su caminar le hizo sentir un escalofrío, algo iba mal, no sabía, que pero se estaba poniendo muy nerviosa. Cuando él estuvo a su altura, ya no le cupo duda, tenía los ojos llorosos y estaba muy, pero que muy apesadumbrado. En la mano izquierda apretaba con fuerza un papel arrugado. La miró directamente a los ojos, y rompió a llorar. Se abrazaron son fuerza, sin hablar, hasta que él se tranquilizó.

      Transcurrieron unos minutos interminables. El lentamente se separó de ella y con lágrimas aún en los ojos, se atrevió a hablar.

 

          Sabes que eres la mujer que mas amo, sabes que mi razón de vivir eres tú, que por ti daría mi vida misma, que mi sueño es vivir le resto de mi vida a tu lado, y amarte y quererte hasta que el mismo Dios me llame a su lado.

          ¿Por qué  me dices todo esto? Me estás asustando.- Él puso su dedo sobre los labios de ella, pidiendo silencio.

          Sabes que jamás me separaría de ti por mi propia voluntad, pero el deber me llama, el hombre está obligado a cumplir sus obligaciones.- A ella las lágrimas le rodaban por las mejillas, intentó hablar, pero él no la dejó.- No mi amor, no digas nada, ya esto es duro para mi, muy duro. Tenemos que separarnos, no es porque yo lo quiera, no porque lo desee, simplemente el deber como hombre me llama.

          No entiendo nada.- Él levantó su mano izquierda y mostró el papel que tenia en ella.

          Me han reclutado para el ejercito, mañana parto para el campo de batalla.- Ella se derrumbo en sus brazos.- No llores mi vida, te prometo algo, pero no llores, te prometo que volveré, no se cuando, no se como, pero volveré a tu lado.

          Prométemelo, y prométeme que me escribirás a diario.

          Sí, mi vida, te lo prometo, el día que no recibas carta mía es porque vengo  de camino, porque regreso a ti.

 

 

Ese día la luz del sol los sorprendió abrazados, desnudos. El se marchó bien entrada la mañana, no miró atrás, ella lo siguió con la mirada hasta que ya no se distinguía en el horizonte.

 

Poco a poco fueron pasando los días, las semanas y los meses. Ella dormía cada noche abrazada a la última carta, carta que llegaba religiosamente a diario, y en cada una de ellas siempre esperaba que dijese que ya volvía. Un día el cartero no llegó, ni al siguiente, ni al siguiente, ella lloraba desconsolada, pues eso solo podía significar una cosa, pero algo en su interior le recordaba una frase “el día que no recibas mi carta será que vengo de camino”.

 

Estaba oscureciendo, hacía mucho frío, salió a recoger leña, vio algo acercarse por el camino, de pronto sintió miedo, un escalofrío recorrió toda su columna, y entonces lo reconoció, era él, andaba con dificultad, pero era él. Corrió hacia él, pero él no reaccionó, solo le indicó con la mano que se parase, ya cuando estaba junto a ella, la miró con los ojos distantes. Le tendió la mano y le entregó una carta sucia y ensangrentada.

 

          Mi amor te prometí que volvería, esta es tu carta, la del día que te falta.- Ella lo miraba extrañada, no entendía algo, pero no sabía el que .- Ahora debo irme, mi amor, ¿vendrías conmigo?.

          Sabes que si.- Él entró en la casa, ella lo siguió. Dejaron la puerta abierta.

          Coge tus cosas, las que necesites para el viaje, pero antes ven, abrázame.

 

 

Juntos partieron de la mano y se fueron adentrando poco a poco en la noche.

 

A la mañana siguiente el cartero llego a la casa. Tocó a la puerta y se sorprendió al verla abierta, la llamó por su nombre, pero no obtuvo respuesta, le dijo que traía un telegrama urgente, no obtuvo respuesta. Se decidió a entrar, la casa estaba vacía, pero entró más adentro y la vio sobre la cama, abrazada a una carta ensangrentada. La tocó, estaba fría, muy fría, estaba muerta. “Pobre”- pensó el cartero-“así no sufre por la muerte de su amado, que son las noticias que le traigo”.

 

María José Rider.

Fotografía : Amantes de la Peña, Patricia Toro.

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