YACIMIENTO ROMANO DEL CERRO DE LA CEBADA. EL CAMPILLO
INTRODUCCION:
El descubrimiento fortuito de este yacimiento se debe a la doble acción de la febril actividad de buscadores de tesoros y al destrozo sistemático que produce la actual y potente maquinaria agrícola. Varios vecinos de Zalamea la Real, en 1970, habían hallado y excavado sin método tres tumbas próximas a la finca llamada Valle de Sevilla, destruyendo el ajuar ante la carencia de metales y monedas. Llegada a nuestros oídos la noticia, utilizamos toda nuestra persuasión para recuperar dos jarritas (inventarios 1 y 2) procedentes de sendas tumbas, y recabamos toda la información verbal (por desgracia, insuficiente) del proceso del descubrimiento y expolio.
Visitado el lugar por nosotros observamos tres tumbas saqueadas; dos recientemente y una, anterior. Una inspección más detenida nos llevó al descubrimiento de una cuarta sepultura que nos propusimos excavar sistemáticamente para completar la deficiente información que anteriormente pudimos con seguir de los saqueadores.
SITUACION:
El yacimiento se halla situado en el término municipal de El Campillo, en la provincia de Huelva, en una alargada loma de unos 400 m. de longitud y a 430 m. de altitud sobre el nivel del mar, en el lugar llamado “Cabezo de la Cebada”. Su situación geográfica está determinada por las coordenadas 2º 57’ 20’’ longitud oeste y 37º 40’ 30’’ latitud norte, según el meridiano de Madrid. Este punto se puede localizar en la parte inferior derecha de la hoja 938 (Nerva) editada por el Instituto Geográfico y Catastral a escala 1: 50.000.
Libre la zona de malezas y en una limpieza general para facilitar el dibujo de las plantas descubrimos una quinta sepultura que presentaba una gruesa losa de cobertura, la cual situamos en el plano y decidimos no excavar, sino respetarla para una posterior comprobación. Prestamos toda nuestra atención a la tumba nº 4, que no conservaba la lasa de cobertura. Tras desalojar ‘una capa de 10 cm. de tierra vegetal, nos aparecía otra mas compacta y oscura, aunque las raíces de los matorrales penetraban profundamente. Entre pequeñas partículas óseas y a unos 25 cm. de profundidad, orientados hacia el oeste en la mitad inferior de la tumba, pusimos al descubierto dos fémures literalmente pulverizados, hasta tal punto que era imposible la labor de aislamiento de las tierras circundantes. No aparecieron más partes del esqueleto, atribuyendo el fenómeno a la acidez de la tierra.
En la capa color ceniza oscuro, en la mitad este de la tumba y al mismo nivel en que se hallaban los únicos restos aseos, apareció una moneda de cobre (inv. 3). La criba de toda la tierra sólo proporciona pequeñísimos fragmentos de huesos.
Además de la moneda mencionada, formaban el ajuar de esta sepul
tura dos pequeñas jarritas (inv. 4 y 5) parecidas en material y cochura a las que ya habíamos conseguido recuperar de las tumbas anteriores, situadas en la cabecera una de ellas y la otra a los pies de la inhumación, en sendas esquinas de la pared lateral izquierda. Rebajamos hasta 41 cm., a cuya profundidad nos apareció la roca madre.
La celeridad con que tuvimos que realizar los trabajos y la inesperada destrucción de ellos, nos impidió hacer las fotografías necesarias, siendo la documentación fotográfica que aparece en este informe de fecha muy posterior, pero por ella puede observarse cómo se encuentra el yacimiento en la actualidad. Por suerte, las labores agrícolas no destruyeron las tumbas, las cuales consideramos parte de una necrópolis, aún sin descubrir, deducida por la situación que los enterramientos descubiertos ocupan en el plano.
Recogimos en la zona y en superficie una figurilla de terracota con los miembros fracturados, de 7 cm de altura conservada (mv.
que luego describiremos, similar a otra figurita aparecida cerca, en el término de Zalamea (mv. 9) , así como una moneda de cobre correspondiente al reinado de Felipe III (1616), posible prueba de la pervivencia del poblado.
A algo más de un kilómetro en dirección noroeste y siguiendo la vía férrea se halla una ermita, ya en el término de Zalamea, bajo la advocación de San Blas, erigida a finales del Siglo XVI y levantada sobre los cimientos de una edificación anterior más noble arquitectónicamente, ya que los sillares de gossán y granito de su base contrastan con la pobreza de los muros del actual templo. Es frecuente en esta zona la aparición esporádica de tégulas y fragmentos de éstas.
En dirección este y a unos 300 m. de las tumbas descritas se encuentran restos de un poblado destruido y completamente indocumentado, aunque presenta rasgos de modernidad. Contactando con los más ancianos del lugar hemos sabido que se tienen remotas noticias de que allí existió una aldea llamada Pie de sierra, ya mencionada por el párroco de Las Delgadas en las Relaciones que se envían de todas las parroquias al Arzobispo de Sevilla en 1786.
Tumba nº 1
Es la mejor construida, con losas de pórfido pizarroso: tres en la parte izquierda y cuatro en la derecha de las que conserva sólo tres. La pared derecha esta inclinada hacia el interior por presión de la tierra. Se halla – saqueada de antiguo. Dimensiones: Longitud interior, 1,96 m., anchura interior en la cabecera, 36 cm.; profundidad, 46 cm.
Tumba nº 2

Paralela a la anterior y hacia el sur y a una distancia de 1,26 m. Conserva todas sus losas, ocho en total, de pórfido pizarroso: tres en cada una de las paredes laterales y una en la cabecera y en los pies. Es la mejor conservada y mas completa, aunque ha perdido la losa de cobertura. La hallamos saqueada recientemente, pudimos recuperar parte de su ajuar consistente en una jarrita estilizada de dos asas. Dimensiones: Longitud interior, 1,84 m.; anchura en cabecera, 50 cm.; profundidad, 38 cm.
Tumba nº 3
Paralela a las anteriores y hacia el sur. Formada por losas de pizarra, conserva sólo dos en la parte izquierda y tan sólo una en la pared derecha. La losa de los pies ha caído hacia el interior por presión. Presenta una losa de cobertura partida y trasladada, una mitad apoyada en la pared derecha e inclinada hacia el interior. Sobre el fondo y en la mitad superior, un fragmento de otra losa de cobertura. Fue saqueada recientemente, pero pudimos recuperar una jarrita de pasta rojiza y una sola asa. Dimensiones:
Longitud, 2,12 m.; anchura, 59 cm.; profundidad, 42 cm.
Tumba nº 4

Alineada irregularmente con la tumba nº 3 hacia el este, a una distancia de ésta de 1,70 m. conserva ocho losas de pizarra y, posiblemente, haya perdido de antiguo dos en la parte derecha y una en la izquierda. No conservaba la losa de cobertura y sus paredes afloraban a la superficie. Presenta la característica de que sus dos últimas losas correspondientes a los laterales se inclinan buscando la losa de los pies. Fue excavada por nosotros recuperando su ajuar consistente en dos jarritas y un as de Graciano.
Dimensiones: Longitud, 1,64 m.; anchura, 43 cm.; profundidad, 39 cm.
Tumba nº 5
Muy irregularmente alineada con la tumba nº 1 y en dirección este, a 1,63 m. de distancia de ésta y a 3,40 m. de la tumba nº 4. Sin excavar. Esta formada por nueve losas de pizarra. Conserva una gruesa losa de cobertura de pórfido pizarroso que cubre algo m de la mitad de la tumba, aunque en la actualidad se presenta mas ligeramente hacia el norte. Dimensiones: Longitud, 1,73 m.; anchura 58 cm.; profundidad desconocida.
Vaso nº 1
Jarrito periforme de panza muy baja e inflexión suave y base aplanada. El cuello es delgado y se abre en boca de embudo con labio engrosado. El asa es una simple tira de barro de sección rectangular cuyos extremos, rematados, arrancan uno del mismo borde y va a caer sobre la panza, donde se adhiere al cuerpo gracias a una masa de barro muy tosca. La pasta es blanco-amarillenta, muy fina y colada y con desgrasantes pequeño-medianos. La decoración consiste en dos bandas de peine: la superior con cinco surcos y la inferior, con cuatro. Presenta una altura de 139 mm. y un grosor medio de 2,9 mm.
La pieza aparece completa aunque fragmentada. Conserva adherencias de tierra por toda la superficie.
Vaso nº 2
Periforme con panza muy baja y flexión algo m marcada que la pieza anterior, fondo aplanado y ligeramente convexo. El cuello se abre en boca de embudo de labios engrosados verticales. El asa arranca del centro del cuello y cae por encima de la inflexión del galbo; tiene sección
rectangular con bordes rematados. Tanto el arranque como la caída se hacen de manera muy tosca. La decoración consiste en tres molduras realizadas manualmente y, por tanto, muy irregulares en disposición y anchura. Entre la última moldura y la inflexión de la panza, en la parte contraria al asa, se dispone un mamelón toscamente realizado y adherido al cuerpo del vaso; este mamelón esta perforado para conseguir un pitorro. El barro es de coloración rojiza-anaranjada, de pasta fina y con desgrasantes mediano-gruesos; parece que la superficie ha sido retocada con algún tipo de espatulado cuando la pasta estaba casi seca y antes de la cocción. Apareció fraqmentado y se mandó restaurar, completándose el fondo, parte inferior del galbo y boca. No parece estar perfectamente torneada.Moneda
P.B. de Graciano (24 de Agosto del 367 al 25 de Agosto del 383)
Bronce Ae 2.
L. Rbc 11/57—348
Anverso: D.N. GA (tianos P.F.Aug.)
Busto diademado de perlas a la derecha, grapeado con Paludamentum.
Reverso: (Re
paratio Reipublicae). (S) CON.Emperador de frente, cabeza a la izquierda, con la mano derecha ayuda a levantarse a una mujer arrodillada coronada de torres. En la mano izquierda lleva una Victoria sobre un globo.
Peso: 4,27 grs.
Grosor: 1,8 mm.
Módulo: 19—21,5.
Posición cuños: 6
Cronología: Entre 378 y 383.
CONCLUSIONES
Desgraciadamente es poco lo que podemos saber
a ciencia cierta sobre el Cabezo de la Cebada, ya que contamos con materiales y no con excavación. El propio hecho de ser este estudio fruto de una recuperación de objetos y de la documentación de enterramientos y estructuras previamente destruidos o en trance de destrucción y no de una excavación como sería deseable nos limita seriamente en nuestras posibilidades de extraer valoraciones exactas. Aún así, podemos hacernos una idea aproximada de cual fue el decurso de este yacimiento.
En primer lugar, notemos que tiene una fase de hábitat documentada al menos desde comienzos del Siglo 1 d. C. (terracotas) y que en principio hay que vincular con las explotaciones, tan cercanas, de Riotinto (sillares de gossán procedentes de ella). Esta llamémosle “villa” se mantendría durante el Alto Imperio (T.S. Hispánica) y quizá hasta época tardo- romana. En este segundo momento su actividad minera es fácilmente deducible y quizá haya que ponerla en relación con la necesidad de extensión de las labores mineras fuera de la propia mina en busca de leña, sin duda escasa en los últimos siglos del Imperio a consecuencia de la depredación sistemática de los bosques circundantes en siglos anteriores.
A comienzos del Siglo V el lugar realiza la función de necrópolis; esto es, ya no se vive en él, aunque la población no están muy lejana a juzgar por las tumbas. Así pues vemos como en los inicios de esta quinta centuria se produce la dislocación funcional decisiva en el abandono del yacimiento. solo en la Edad Moderna se volvería a ocupar como tal lugar de habitación (moneda de Felipe III
y recuerdo de la aldea de Piedesierra). El por qué del abandono del hábitat en época tardía igualmente se nos escapa. Si se admite la estrecha relación villa alto imperial- minería, habría que pensar en un abandono de la explotación metalífera en esta época, o mejor aún, ya que sí hay testimonios (la necrópolis) de ocupación, un traslado. Las causas podrían ser bien (y esto es simplemente una hipótesis especulativa) la búsqueda del combustible cada vez más escaso (43) o bien la decadencia de la propia minería en ese momento sean cuales fueran las causas (44). En cualquier caso no difiere demasiado esta evolución del hábitat minero de otros conocidos de la misma zona, como han demostrado Blanco y Luzón (45), donde proponen un decurso – cultural y cronológico similar al nuestro, con cénit de explotación en el Alto Imperio (S. II), crisis en el S. III, breve recuperación en el Siglo IV y decadencia desde el s. V. Somos conscientes del peligro de generalización abusiva que corremos aplicando realidades de yacimientos distintos al nuestro, pero el poder aquilatar mejor el proceso de la minería en el área onubense bien merece la pena, aún corriendo este riesgo evidente.
En cuanto al material, resaltamos dos grupos de objetos. Por un lado las terracotas, productos homogéneos y que sin duda alguna provienen de un mismo taller y de las que no podemos dar interpretación alguna. De otra parte, las cerámicas, que reflejan los influjos de la cerámica más cuidada del Bajo Imperio (Clara sobre todo), como es normativo en toda la cerámica común tardía pero que, de otra parte, ilustra perfecta mente el carácter de “producto regional” junto a sus congéneres del resto de Huelva.
La cronología de estas cerámicas, y por consiguiente de los enterramientos, es taxativa y nos viene dada por la moneda de Graciano de la sepultura nº 4, finales del IV (último cuarto) y afinando algo más con los vasos estudiados por Mariano del Amo, quizá haya que
llevarla al inicio del Siglo V.
Otro aspecto que no quisiéramos soslayar es el del ritual de enterramiento, sí se prefiere, su posible cristiandad. Rompiendo con el viejo tópico cada vez menos considerado de suponer una Bética cristianizada en los Siglos IV y por su mayor nivel cultural, relaciones exteriores, implantación de cultos orientales, etc. que se vería en el propio Concilio de Elvira y su abrumadora mayoría de comunidades béticas presentes; se documenta arqueológicamente la pervivencia de los cultos paganos en la baja época también en el sur.
(43)BAUER MANDERSCHEID,ERICH “Los montes de España en la Historia” Madrid 1980.(44)FERNANDEZ UBIÑA J. “La crisis del S. III en la Betica” Granada 1981.(45) BLANCO FREIJEIRO, A. y LUZON NOGUE J.Mª “Mineros antiguos españoles” en Archivo Español de Arqueologia , nº 39 .Madrid 1966.



















